Nassim Taleb analiza en "El cisne negro" el impacto de eventos de muy baja probabilidad, un acontecimiento impredecible fuera del cálculo de los expertos, pero cuyo impacto es enorme. La probabilidad es una función del modelo mental usado para evaluarla.
Este modelo de análisis reduce la realidad a categorías supuestamente iguales y son muchos los factores que pueden afectarlo: como ser la jerarquización de los elementos que conforman una situación, la incidencia de imágenes recurrentes y también el refuerzo confirmatorio de la experiencia; así como la escala aplicada para establecer la probabilidad o no de ocurrencia: años, décadas, siglos o eras.
Como pasó con el derrame de petróleo en el Golfo de México y la fuga de radiactividad de la planta nuclear Fukushima, son prueba que las previsiones de seguridad y control de las tecnologías de producción de energía más usuales han sido más que estrechas y que para nada consideraron la ecología del lugar de aplicación.
He sostenido en otras notas que la tecnología se incorpora por el lucro que proporciona y no en función de los riesgos implicados. Los análisis de riesgo fueron confinados al campo financiero mediante refinados algoritmos elaborados por monopolizadores de información prácticamente clasificada y pobremente supervisados por las firmas especializadas de Wall Street.
Algunas de las cuestiones referidas a la confiabilidad y seguridad energética pueden considerarse exógenas a las tecnologías aplicadas, tales como: la competitividad económica; la seguridad entendida como necesidad del país de contar con la energía necesaria para su actividad económica; o la percepción pública sobre la fuente de energía y su relación con el cambio climático, factores estos que con la continua modificación de su importancia relativa condicionan las decisiones políticas y económicas en materia energética.
En tanto, la seguridad nuclear exige ingeniería de alta precisión, un riguroso cumplimiento de las especificaciones en cada etapa del proceso y en los controles, eficacia en almacenar a largo plazo los residuos y la protección contra el uso indebido.
Esto último sigue siendo un problema sin resolver, especialmente en países como China, Rusia, Paquistán y Corea del Norte, donde el crecimiento nuclear es mayor, pero no sucede lo mismo con la transparencia. Habrá consecuencias trágicas si las cosas salen mal, como muestran los acontecimientos pasados y presentes.
El desarrollo industrial de la energía nuclear reconoce altibajos. Comenzó con el discurso: Átomos para la Paz de Eisenhower ante la ONU en 1953; este apoyo político logró imponer a Japón -que sufrió el bombardeo atómico en Hiroshima y Nagasaki- la aceptación de centrales nucleares, a pesar de la persistencia de los efectos de la radiación.
Ya para 1970 había 90 plantas en 15 países, 253 en los ’80 en 22 países; sólo 19 se sumarían en los ’90 y hacia el 2010 existían 439 plantas en 31 países. Lo nuclear actualmente contribuye con aproximadamente un 6% de la energía mundial hoy. Los EEUU son el mayor productor en términos de teravatios/hora, Francia es el más dependiente basándose el 75% de su electricidad en centrales nucleares, Japón lo hace en un 29%.
El Millennium Project identificó en su primer informe 1997 Estado del Futuro el envejecimiento de las centrales nucleares, como uno de los 15 grandes problemas que la humanidad enfrentaría en el siguiente cuarto de siglo.
Mas de 300 plantas están cerca del fin de su ciclo de vida en Europa; unas 50 tienen más de 30 años de edad y cerca de 100 tienen más de 20 años en los EEUU. Se construyen, con previsiones de seguridad -hoy seguramente obsoletas- 62 nuevas plantas nucleares y se preveían otras 50 en todo el mundo, 27 de ellas en China.
Es claro que el comportamiento de los sistemas complejos –como una planta nuclear– se torna impredecible frente a un desastre natural que no fuera considerado por los ingenieros al diseñarlos. La pregunta ahora es ¿qué impacto tendrá sobre las perspectivas para la seguridad nuclear, para la energía en general y para el desarrollo económico a largo plazo?, ello sin considerar el daño ambiental actual y futuro.
En uno de los Escenarios de Energía globales 2020, publicado en el informe 2006 State of the Future, denominado Reacción ambientalista, se señalaba: "Un (supuesto) catastrófico accidente nuclear en 2008 que contaminó el océano Índico con desechos radiactivos galvanizó al preparado movimiento ambiental con una nueva dinámica de fuerza en todo el mundo. Las políticas pro-ambientales fueron elegidas y el G 8 forjó un acuerdo para crear e implementar el Plan Marshall Global-Local-Energía-Medioambiente (GLEEM Plan) con un mandato tipo misión Apolo para reparar la situación energética y reducir el cambio climático".
Este desastre, sumado a los anteriores de Three Mile Island, 1979, y Chernobyl, 1986, los que afectaron finalmente a más de 9 millones de personas y más de 155 mil kilómetros cuadrados de tierras, muy probablemente marcará el final de la energía nuclear en Japón y en el mundo en las próximas décadas. La vulnerabilidad no se reduce a la concurrencia de un terremoto y un tsunami –extremadamente improbable, aunque no imposible– sino que enfrenta otras amenazas reales y probables como las climáticas extremas o el terrorismo.
La justificación ecológica de que es una fuente energética preferible en términos de reducción de emisiones de carbono se diluye frente al daño humano y ambiental producido por Fukushima. Y fundamentalmente, porque requiere financiamiento a largo plazo, para producir la energía de más alto costo en relación con otras fuentes. Las nuevas exigencias de seguridad incrementarán este desbalance, en un contexto de creciente complejidad e impredecible.
La crisis financiera de 2008 abrió la era de los autos híbridos, como excusa por la asistencia a la quebrada industria automotriz. La energía eólica crece en todo el mundo y se desarrollan nuevos sistemas de baterías.
La Agencia de Exploración Aeroespacial de Japón JAXA ha desarrollado una posible solución con su proyecto Espacio Solar Power Systems para radiar energía a la Tierra desde un conjunto de satélites en órbita, preparando la primera demostración mundial de transmisión con tecnología inalámbrica de 1 Kw. de energía, estimando que su uso práctico estará disponible en 2030.
Frente a esto se validan algunas propuestas, como la de obligar a las corporaciones que participan del negocio energético a desarrollar tecnologías de control y la de creación de un cuerpo de ejército multinacional para enfrentar las amenazas ambientales, asistir en las contingencias y planear y proveer la asistencia en casos de desastres y en la reconstrucción posterior.