En Lima, el General se acercó a una bella dama, hija de un productor de cacao. Rosita Campuzano de Cornejo, la mujer que atrajo la mirada del Libertador, era una hábil espía que suministraba información militar a los patriotas de Huayra. Una vida apasionada.
domingo, 22 de enero de 2012
Tradicionalmente se ha retratado a nuestros grandes hombres como asexuados. Todos sabemos que no eran así. El Gran General era un hombre de mundo que antes de volver a nuestro suelo había combatido contra moros, y había sido distinguido en Bailén, contra las tropas del mismísimo Napoleón Bonaparte. Incluso había visto en una oportunidad al famoso corzo en persona. También había andado por Inglaterra.
Algo de mundo habían pisado sus botas antes de libertar a medio continente. Al llegar, y siendo presentado en la sociedad porteña, este Coronel que venía de la metrópoli comenzó a frecuentar reuniones sociales. Nadie mejor que la esposa de su amigo el general Alvear para presentarle una amiga. Allí conoció a Remedios. Casó entonces nuestro héroe con una niña mucho menor que él, con la cual casi no tuvo oportunidad de hacer vida marital, pues su estadía en América se vio prácticamente absorbida por sus luchas contra los españoles.
Sin embargo, supo gozar de algunos momentos de expansión, al fin de cuentas no era ni más ni menos que un hombre, con los mismos apetitos que cualquier otro. El hombre, como cualquier mortal, no escapaba al influjo de la belleza femenina.
En una carta escrita a un amigo, se refiere a Lady Cochrane (esposa de Lord Cochrane, un inglés a cargo de la flota patriota en El Callao, con el cual tuvo serias desavenencias), se refiere a esta bella mujer, decíamos, calificándola de “muy apetitosa”. El apogeo de su gloria le llegó al General, probablemente, en Perú, lugar donde fue honrado con el título de “Protector”, y recibió agasajos de manera constante. Incluso sus enemigos, de manera arbitraria e injusta lo acusaban de querer coronarse rey, es por ello, que a sus espaldas lo apodaban “el rey José”. Uno de estos homenajes tuvo lugar la noche del sábado 28 de julio de 1821.
Allí, el Cabildo de Lima organizó una fiesta en honor al General San Martín. El Libertador habría quedado prendado de la belleza de una hermosa Guayaquileña ¿Quién era esa espléndida dama de ojos azules que bailaba en los salones y furtivamente miraba al General San Martín?
Rosa Campuzano Cornejo (Guayaquil 1797- Lima 1851) era hija natural de un rico productor de cacao y de una mujer de apellido Cornejo. Rosita Campuzano era una muy bella dama de tez blanca, cabello oscuro y ojos azules, que había llegado a Lima en calidad de amante de un acaudalado español, y enseguida había conquistado a la sociedad virreinal.
Rosita, que conoció a un general realista, aprovechó de su posición dentro de los círculos de la alta sociedad limeña para obtener información valiosa a favor de la causa independentista.
En realidad esa bella dama era una hábil espía. Suministraba valiosa información militar a los patriotas de Huayra, ocultaba en su propia casa a desertores del ejército español, y colaboraba solapadamente y de mil maneras con los americanos.
A raíz de sus actividades conoció a Manuela Sáez (quien fuera compañera de Bolívar) e incluso llegó a estar detenida por sus actividades clandestinas.
Cuentan las crónicas que la noche del homenaje, San Martín quedó prendado de su belleza, y es por ello que al otro día, domingo, el General retribuyó las atenciones recibidas ofreciendo una fiesta en el Palacio de los Virreyes (probablemente con el objeto de volver a ver a la dama de sus desvelos).
Y como dice el viejo refrán “que el que busca encuentra”, ambos volvieron a encontrarse en esa oportunidad.
Fueron amantes, arriesgan algunos autores. Vivieron un idilio que duró el tiempo que el General estuvo en el Perú. Durante ese período, él incluyó a su amada dentro de las 112 mujeres que fueron condecoradas con la “Orden del Sol”; todo ello con gran escándalo de la elegante y conservadora sociedad limeña.
Luego el General se marcharía de Lima, y los amantes no se verían nunca más.
Rosita se casaría en 1832 con un alemán con el cual tendría un hijo que le sería arrebatado por el padre. Murió pobre y olvidada a los cincuenta y cinco años en Lima y fue sepultada en la iglesia de San Juan Bautista. Juan Martín - Especial para Los Andes