Estilo

Secreto, misterio y muerte a orillas del río

El 18 de febrero de 1938, el escritor se suicidó en un parador del Tigre. Dejó una valiosa obra que atraviesa la historia de la cultura nacional.

domingo, 12 de febrero de 2012

“En medio de aquel trágico horror, yo estaba solo entre mi pensamiento y la eternidad. Iba cruzando con dantescos pasos la noche...”, escribió Lugones en 1897. Para su muerte faltaban más de cuarenta años pero de alguna forma sus líneas preanunciaban su final calculado.

Jamás sabremos en qué pensaba aquel hombre mientras miraba por la ventanilla del tren Retiro-Tigre ese 18 de febrero de 1938. En qué azaroso objeto del camino se habrá detenido su mirada, para desnudar con asombro las cosas del mundo, una vez más.

El tren se acercaba despacio hacia una región húmeda, hacia un aire verdoso y denso, y cubierto de vegetación. Ajustó su corbata y dejó salir un suspiro que lo estremeció. No era miedo, era un último gesto de valor. No todos los días se topa uno con la muerte y ese día Lugones se encaminaba a enfrentarla por sorpresa.

Tomó una lancha colectiva y se arrimó a la baranda para ver la luna arañando el agua por última vez. Vivo aún, sintió que el río ya lo había devorado y que el resto era tan sólo un sueño de lo que ya había ocurrido.

Teniendo a mano tantas formas de morir, ir a buscar la muerte a una isla calurosa y lejana, a orillas de un río, es cosa seria... Cosa de valientes, dijeron algunos. Cuestión de cobardes, opinaron los que nunca tuvieron cerca la oportunidad de morir. “Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte”, escribió el poeta; y se apropió de ambas.

Nadie supo que ese hombre vestido de impecable traje blanco y sombrero Panamá, escondía detrás de sus refinados modos, un dolor angustiante, una pena que lo devoraba.  

Llegó al parador El Tropezón, una construcción inglesa con techo de chapas rojas a dos aguas, inaugurado en 1929. Acaso cruzó dos palabras con el encargado y su hija. Solicitó una habitación y se encerró.

Llevaba a la vista un volumen de Groussac y, en un bolsillo, la dosis de ese veneno que le causaba “un gran bienestar apenas turbado por la curiosidad de la muerte” anunció años antes en su cuento “Lluvia de fuego”.
 
Pudo haber recordado algún verso de Rimbaud, un pasaje de Sarmiento, o una escena de Sófocles más ajustada a sus planes. Quizá fue una callecita humilde de Buenos Aires que le traía un aire a su Villa María natal.

Algo, alguien, cualquier cosa. Al igual que su personaje de “Gomorra”, acechado por una tenebrosa lluvia incandescente, lo invadió ese “miedo infantil de una presencia enemiga y difusa”. La muerte lo trató de igual a igual: como trata a los poetas. Lo atravesó de una vez.

Las evidencias

La escena que encontraron los encargados del hospedaje, no planteaba otra hipótesis más que la del suicidio.

Sobre la mesa del cuarto había una botella de whisky a medio tomar. El escritor no bebía, evidentemente esa noche la había utilizado para mezclarla con el cianuro. También había un vaso de agua intacto y una carta. No explicaba nada. Sólo advertía que él sabía lo que hacía.

Dirigida “al juez que intervenga”, el papel confesaba: “No puedo concluir la Historia de Roca. ¡Basta!”. Curiosa culpa de un hombre de cara a la muerte o...: ¿una pista falsa? Solicitaba que lo sepultaran en la tierra, sin cajón, y sin ningún tipo de nombre.

Prohibía que se diera su nombre a algún sitio público; indicación que fue, con los años, rigurosamente desobedecida.
 
“Nada reprocho a nadie. El único responsable soy yo de todos mis actos”, finalizaba la carta. Luego, el amante de la antigüedad griega, como un Sócrates vernáculo, apuró la cicuta y se dejó caer con alivio sobre la habitación número 9 de ese parador del Tigre. Si la dosis fue la suficiente, debió haber sentido un hormigueo y una exhalación.

Si, como se cuenta, el farmacéutico le entregó una dosis menor que la que pagó, los dolores fueron insoportables. Así, en la oscuridad del Delta, un cuerpo se desvaneció casi sin ruido e impuso a esa ribera una solemnidad aún más grave que la del silencio.

La crónica policial informaba, días siguientes, las aristas más escandalosas de la noticia. Claro, tenían el cuerpo ilustre de una vida polémica.

El secreto

Todo suicidio encierra en sí un misterio. Las causas a veces apenas se sospechan. Durante la segunda mitad de la década del ‘30, se registraron una serie de suicidios algo especiales. Alfonsina Storni se suicidó en las playas de Mar del Plata en octubre de 1938, tal vez para acortar su enfermedad.

Lisandro de la Torre, en una suerte de “suicidio patriótico”, agobiado por la putrefacción de un régimen infame, eligió la garantía que ofrece una bala en el pecho.

Exactamente un año antes del desenlace de Lugones, Horacio Quiroga había bebido una dosis de cianuro, ese veneno económico de farmacia, al alcance de suicidas pobres pero resueltos.

La “aristocracia torva” de Lugones -como él escribió-, depreció esa forma de morir. “Murió como una sirvienta”, dijo. Luego la emprendió él mismo; tal vez meditando si de verdad hay una forma para morir de más o de menos.

Mucho se ha pensado sobre las causas de la decisión fatal del gran escritor cordobés. La probable decepción frente a la realidad política que lo circundaba pudo haber influido.
 
Un régimen corrupto infectado por el fraude electoral, los sucios negociados protagonizados por la clase política y la aristocracia terrateniente, demostraban que el derrocamiento de Yrigoyen había sido algo más que un desafortunado episodio.

Lugones anunció, en su momento, “La hora de espada” y apoyó el golpe del ‘30 cuando sus zigzagueantes convicciones políticas habían dado la vuelta. Habiéndose iniciado en el socialismo, fue más tarde liberal, conservador, y llegó a adherir a las corrientes fascistas que seducían con su orden, e insinuaban los aberrantes desbordes que protagonizarían años más tarde.

Vio en el ejército “la última aristocracia”; vale decir: La última posibilidad de organización jerárquica que nos resta entre la disolución demagógica”. Probablemente si no se hubiese matado en el ‘38, habría mudado de opinión.
 
Quizá ya pensaba diferente en esa habitación del Tigre. El golpe del ‘30 inauguraba una verdadera secuencia de golpes, una afrentosa sucesión de asaltos a la democracia que desembocó en muertes, exilio, torturas y desapariciones. Seamos justos: Lugones murió sin saberlo.

Pero: ¿qué otra angustia oprimía el corazón del escritor? Un grave rumor se echó a rodar, y luego aparecieron documentos que lo corroboraron. El respetado, casi temido “señor de todas las palabras” -como lo nombró Borges-, renovador profético de la poética nacional, el solemne artífice y custodio del “canon” literario tenía, como todos tenemos, una vida secreta.

Como siempre lo grave no era tenerla, sino que se supiera. En 1912 le dedicó a su esposa “El libro fiel”, con una inscripción latina: “Tibi, unica sponsae, turtura meae, unicissimae”. Esto podría traducirse como: “Para ti, mi única novia, mi tórtola, sin igual mía”.

Lugones se jactaba de ser “el marido más fiel de Buenos Aires”, cuando algo sucedió. Una joven estudiante, llamada Emilia Cadelago, se acercó al maduro poeta para solicitarle un ejemplar del agotado “Lunario sentimental”.

Una mirada fresca, una sonrisa espléndida y sensual de la chica que tenía edad para ser su hija; pero no lo era. Doce años vivió Lugones con esto a cuestas. La situación debió haber sido asfixiante.

La historiadora María Inés Cárdenas de Monner Sans recibió, muchos años después del suicidio, en forma inesperada y de manos de Emilia, poemas y cartas que Lugones le había escrito. La profesora Cárdenas se dedicó al asunto en el “Cancionero de Aglaura” y “Cuando Lugones conoció el amor”; libros en los que publicó los valiosos documentos.

También se habló de las macabras intenciones de su hijo “Polo”, personaje que ocupa un sitial distinguido en la historia de la tortura por haber introducido la picana eléctrica a las prácticas policiales de la nación.

El torturador habría intimado a la pareja a disolverse. Habría amenazado a los padres de Emilia para que pongan fin al romance. De lo contrario internaría a su padre en un manicomio. Teniendo en cuenta de quién provenía la amenaza, debieron haberla tomado en serio. “Se mató por amor”, dijo Borges sin dudarlo.

La maldición

Una clase de muerte encrespada y dolorosa se aquerenció en los Lugones. Una especie de maldición cayó sobre la familia. En 1971 su hijo “Polo” ponía fin a su vida. Años más tarde su nieta, Susana “Pirí” Lugones, fue torturada con los métodos que había promovido su padre, “Polo”; y ejecutada por un “grupo de tareas” de la dictadura en febrero de 1978.
 
Solía presentarse como “la hija del torturador y la nieta del poeta”. Cuenta la leyenda que en las sesiones de tortura a las que fue sometida, injuriaba a sus verdugos diciéndoles que al lado de su padre, ellos ‘torturaban como aprendices’”.

Alejandro, hijo de “Pirí” y bisnieto de Leopoldo, eligió un desenlace acorde al de otros casos de su familia. Con poco más de veinte años se sintió cautivado, como su bisabuelo, por la voluptuosidad de la muerte y se suicidó; también en las aguas verdes y taciturnas del Tigre.

Nicolás Sosa Baccarelli - Especial para Estilo

grafico
Peliculas Cine Genero
grafico