Algunos creen que la prueba de fuego de la segunda gestión presidencial de Cristina Fernández la vencerá si es capaz de ajustar la misma economía expansiva que ella y su marido impulsaron.
Como ya dijimos en otra nota, existe un buen ejemplo precedente en el que ella se podría apoyar: el de la segunda presidencia de Juan Perón (1952-55) cuando el cambio de rumbo económico resultó crucial, ya que el General sutilmente supo variar su populismo inicial por un desarrollismo en el que el énfasis fue girando desde el consumo a la producción.
Perón, entre el populismo y el desarrollo. De 1946 a 1952 Perón fortaleció el Estado nacional pre-existente a él, pero le cambió su carácter al incorporarle como principal sujeto a la clase obrera organizada.
No fue un Estado socialista de “clase” sino algo parecido al Estado capitalista de bienestar norteamericano o europeo de entonces pero con un mayor distribucionismo social, porque los trabajadores constituían el soporte político del peronismo.
En su segunda presidencia Perón se dio cuenta de que con eso no alcanzaba (o mejor dicho, que ya no le alcanzaba la plata para eso) y entonces sentó los primeros pasos de un Estado desarrollista con mayor participación del capital extranjero en las grandes inversiones, aunque su viraje económico no se produjo en lo político donde el autoritarismo fue creciendo junto a la intolerancia de una oposición tan intolerante como el gobierno.
El resultado fue el previsible: cuando el peronismo termina desalojado del poder por un golpe de Estado en 1955, la Argentina era un país económicamente viable pero políticamente inviable, por lo que todo avance que se lograra en lo económico sería neutralizado por la crisis política permanente. La década del 60 fue la expresión de esa contradicción; la del 70 fue su implosión final.
De ser medianamente cierta esta hipótesis, la crisis argentina de la segunda mitad del siglo XX no sería causa, como plantean ciertos liberales, de las limitaciones estructurales del modelo económico peronista que nos alejó del mundo sino de la imposibilidad de conciliar política con economía, algo que sólo habría podido ser resuelto mediante la continuidad democrática.
Perón y Cristina, similitudes y diferencias. Los dilemas de Cristina Fernández no son iguales a los de Perón, ya que éste pudo lograr un distribucionismo social más sólido y permanente porque detrás de él estaba un Estado mucho más fuerte que el actual y una clase trabajadora con inmensos deseos de movilidad social a la que ese Estado dio los elementos para lograrla (inmigrantes internos tan “progresistas” como los inmigrantes externos de la primera mitad del siglo XX), por lo cual, tanto o más que el consumo creció el trabajo, la educación y las mejoras sociales permanentes (la vivienda en primer lugar) de los más humildes. No se los contuvo clientelarmente, se los promovió socialmente.
Vale decir, el consumo no valió tanto por el consumo en sí sino como el aliciente para cambios sociales estructurales. Por eso cuando en 1952 se viró el rumbo del consumo a la producción, lo estructural no se alteró, no se volvió atrás; era un ajuste, sí, pero en un nuevo país con pobres efectivamente dignificados.
Ninguna de esas condiciones existen hoy pero, en contrapartida, el kirchnerismo fue beneficiario de un crecimiento económico extraordinario basado en una espectacular revalorización mundial de nuestras materias primas y también de algo más que eso: de un posicionamiento global de los países emergentes a los que pertenecemos, como no ocurrió nunca antes en la historia.
En otras palabras, condiciones económicas y políticas, mucho mejores que las que tuvo Perón. Lo que antes valía poco hoy vale mucho a nivel económico y los países que antes pesaban poco hoy pesan mucho a nivel político y no hay peligros a la vista para la democracia.
El kirchnerismo según Néstor. El primer kirchnerismo significó un importante crecimiento del consumo apoyado en esas nuevas variables pero no un cambio estructural en los sectores más pobres porque el Estado, pese a que se lo intentó fortalecer, había sido muy desmantelado anteriormente aunque -en nuestra opinión- hoy no se lo está reconstruyendo adecuadamente porque se le suman cosas pero no se le restan vicios.
Por otro lado, el sistema político-económico posterior al de la implosión de los 70, basado en la incorporación -que inició la dictadura militar- de capitalistas promovidos desde el Estado en base a sus “lealtades”, no ha variado sustancialmente, sino que el kirchnerismo le agregó nuevos “amigos” de su propia cosecha, en áreas básicamente extractivas y especulativas.
A la extranjerización que promovió el menemismo de los activos estatales, el kirchnerismo le contrapone o le suma (según los casos) una seudoburguesía gestada al calor de un Estado que al disponer de los recursos económicos pero no de la capacidad de gestión para devenir un Estado empresario, recurre a testaferros privados con dineros públicos.
Ése es el modelo que se está agotando, con el que se encuentra Cristina, como Perón se encontró con el suyo agotado en su segundo gobierno. Habrá que ver qué hace ella con los aspectos negativos de su auto-herencia.
Néstor, Cristina y el campo tan odiado. La primer gran posibilidad que tuvo el kirchnerismo de cambiar su modelo económico prebendario-subsidiador fue con la crisis del campo en 2008, ya que si la misma hubiera culminado en una alianza política entre ese sector económico y el gobierno, otra hubiera sido la historia, como muy bien lo entendieron Brasil y Uruguay que optaron decididamente por ese camino, fortaleciéndolo aún más luego del conflicto rural-estatal argentino.
Sin embargo, acá se optó por ubicar al campo en el terreno enemigo y seguir exigiéndole aportes para apoyar industrias en su mayoría incapaces de subsistir sin subsidios, pero donde se encontraban los principales socios privados del gobierno.
Néstor y Cristina, similitudes y diferencias. Fallecido Néstor Kirchner, es probable que muchas de las alianzas implícitas entre el Estado acumulador y los capitalistas amigos entre los que se distribuía parte significativa de esa acumulación, hayan quedado en la nebulosa.
De allí el énfasis de la Presidenta en revisar “una por una” a las actividades productivas, lo que no sólo merece lecturas económicas sino también políticas en el sentido de que se revisarán alianzas que, por una razón u otra, ya no seguirán más, particularmente en sectores bancarios y energéticos.
Sin embargo, lo que no parece cambiar es la matriz de acumulación económica de sumar cajas para un Estado cada vez más centralizado. Los únicos que parecen cambiar son los socios económicos del poder político o la importancia relativa de unos y otros.
Menem y Cristina. Así como el eje de la política económica menemista fue la privatización de YPF, Cristina parece querer poner el eje de su segunda presidencia en la misma actividad, aunque con rumbo inverso.
Menem no llamó privatización a lo que hizo con YPF sino descentralización y provincialización ya que con parte del dinero obtenido por la venta de la empresa devolvió regalías a las provincias petroleras, resultando Santa Cruz una de las más beneficiadas. Es que sin el apoyo de esas provincias, la privatización jamás hubiera podido tener lugar.
Hoy Cristina vuelve a convocar a las provincias petroleras para iniciar el proceso contrario al que gestó Menem. Ellas serán la vanguardia de la guerra contra las petroleras privadas para, con los recursos que eventualmente obtengan, cubran sus arcas casi quebradas. Lo mismo que en los 90, pero al revés. O al revés que en los 90, pero lo mismo. Igual da.
Los amigos de Cristina. A la vez, un nuevo actor aparece en escena: el sector minero, con quien se está aplicando la política contraria a la que se aplicó con el campo, ya que acá lo que se vislumbra es una férrea alianza entre el gobierno nacional y el sector minero, alianza con la cual se esperan vencer resistencias provinciales (particularmente mediante el “caramelo” petrolero) y lograr una nueva caja para seguir fortaleciendo las arcas nacionales cuando las otras fuentes parecen menguar.
Extracción o desarrollo. No obstante, si lo que se pretende con las actividades extractivas (tanto con las “amigas” como con las “enemigas”) es sólo conseguir recursos para “pasar el invierno”, Cristina habrá dilapidado la oportunidad desarrollista que Perón supo adoptar cuando la vislumbró.
Es que hoy, los recursos naturales y las materias primas significan, para países como el nuestro, algo mucho más crucial que meras cajas para satisfacer coyunturas fiscales de Estados eternamente insatisfechos. A partir de ellos se puede prefigurar un nuevo país si somos capaces de administrarlos pensando en que no siempre se pagarán a precio de oro como se pagan hoy.
Así como en los ‘90 las joyas de la abuela eran las empresas de servicios públicos, hoy las joyas de la abuela son los recursos naturales y las materias primas.
Lo que aún no está claro es si elegimos cederlas como se hizo en los 90 con las empresas públicas para comprar un poco más de presente, o si elegimos transformarlas en las bases de un nuevo modelo de desarrollo que nos permita tener un futuro distinto y mejor.
De lo que se trata es de elegir entre la extracción o el desarrollo.
Más ideológica que Néstor Kirchner, Cristina Fernández está construyendo aceleradamente desde el gobierno su propio partido de “izquierdas”, tal cual ella lo entiende. Para eso se está desembarazando de los aliados económicos y de los funcionarios políticos de su marido. Pero sus remplazantes son aún demasiado inexpertos.
Francisco Pérez se cuadra y encolumna con las políticas del kirchnerismo nacional y parece querer que, en el PJ local, todos hagan lo mismo.