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La Selección que le ganó a la tragedia

Zambia ganó la Copa de África por primera vez, casi dos décadas después de que en un accidente aéreo murieran todos los integrantes del plantel nacional.
La Selección que le ganó a la tragedia

Zambia se consagró campeón de África por primera vez en su historia. (Web)

miércoles, 22 de febrero de 2012La niñez de cada uno de los jugadores zambianos, que ahora tiran flores naranjas en las aguas gabonesas del Golfo de Guinea, estuvo atravesada por una tragedia. Mientras los sueños de fútbol les nacían, sus admirados integrantes del equipo nacional morían en un accidente aéreo en el mismo lugar en el que ahora ofrecen tributo y respeto, entre la emoción inevitable.

Llegaron a Libreville luego de un notable recorrido por la Copa de África a la que le falta un partido, esa final a la que se clasificaron -tras eliminar a Ghana- para enfrentar al candidato de todos, Costa de Marfil. Es un momento de reflexión a horas de la cita más importante de la historia del fútbol de esta ex colonia británica.

Se miran convencidos de que algo relevante está por suceder. Se trasladan, inevitablemente, a aquellos días en los que se comenzaron a imaginar como integrantes de Los Balas de Cobre. Lo dice otro de los conmovidos, el capitán Christopher Katongo: “Éste es un lugar muy significativo para nosotros. Toda Zambia quiere que hagamos sentir orgullosos a los héroes de 1993 y nosotros queremos jugar bien en su honor”.

Retrata el periodista José Naranjo en el Blog África Vive, sobre los tiempos de la tragedia: “A comienzos de los años noventa, la selección de fútbol de Zambia, conocida como Los Chipolopolo (Los Balas de Cobre), desplegaba un fútbol deslumbrante. Liderada por el jugador del PSV Eindhoven: Kalusha Bwalya, había logrado llegar a cuartos de final en los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988 destrozando a Italia (4-0) en un épico partido y era una de las favoritas africanas para ir al Mundial de Estados Unidos 1994.

Sin embargo, el 28 de abril de 1993, cuando volaban hacia Dakar para disputar una eliminatoria de la Copa de África, el avión en el que viajaban sufrió el incendio de un motor y se precipitó en el mar, frente a las costas de Gabón, envuelto en llamas. No hubo supervivientes, murieron todos los jugadores y el cuadro técnico completo. Sólo tres miembros del equipo que jugaban en Europa y habían sido autorizados a jugar con sus clubes aquel día lograron burlar a la muerte: el propio Bwalya, Musonda (Anderlecht) y Johnson Bwalya (Bulle)...”. Lo que ahora está sucediendo es, en cualquier caso, una reconstrucción.

“La señal del destino estaba escripta en el cielo. Nos dio un espíritu especial”. Hervé Renard parecía uno más en los festejos, tras vencer a Costa de Marfil en la final que llegó hasta una larguísima definición por penales. Vivió como propia la historia de cada uno de sus dirigidos. Aquel defensor del Cannes y de otros equipos del ascenso francés, logró que el recuerdo del dolor fuera un impulso. No hubo azar en la visita a las costas de Gabón: más allá del homenaje, ese instante hizo creer a todos los jugadores que era posible vencer a cualquier rival más allá de que en las apuestas no eran los favoritos de nadie.

Renard encontró en lo íntimo un modo de recortar las diferencias de jerarquía entre el equipo de Didier Drogba y este seleccionado capaz de ganar a la tragedia. Tampoco hubo casualidad en el festejo que llegó tras la consagración: el entrenador conocía todas las danzas rituales y las bailó como si hubiera nacido bajo el cielo de Lusaka, la capital zambiana.

Kennedy Mweene fue elegido como el mejor arquero del torneo. Elástico y bravo, habló antes del último encuentro: “No me pongo a temblar sólo porque vaya a tener delante a Drogba. En este equipo no sabemos lo que es el miedo”. Y actuó luego: atajó un penal decisivo en la serie que continuó 0-0 y convirtió el propio. Luego corrió, ya con la certeza de la victoria, a abrazarse con el resto de los festejantes en el estadio d'Angondjé. En la semifinal ante Ghana, Mweene también había sido determinante: contuvo un penal durante el partido, ejecutado por Asamoah Gyan, mantuvo el arco en cero y fue figura.

Cuando las cámaras del mundo lo retrataban sólo se veía una sonrisa del tamaño de un país. Después de la conquista continental contó el significado de la victoria: “Somos la primera generación zambiana que gana la Copa de Naciones y esperamos marcar el camino para los que vendrán, como alguna vez lo marcó aquel grupo de jugadores que a nosotros nos sirvieron de inspiración”.

Zambia fue la sorpresa de la competición (llegó a la Copa en el puesto 71 del ránking de la FIFA; ahora trepó hasta el 43, cuarto entre los de su continente). Ganó el grupo en el que Senegal aparecía como gran rival y, con la solidez como argumento, el equipo zambiano terminó también delante de otro local (Guinea Ecuatorial) y de Libia. Luego, sin recibir goles, despachó a Sudán y a Ghana, en las series de nocaut.

Y afrontó la final como lo que es: un equipo capaz de disimular dificultades y de plantarse ante rivales superiores en la primera impresión. El entrenador francés armó un plantel con mayoría de jugadores que participan en las competiciones africanas: por ejemplo, tres de ellos son parte del Mazembe de la República Democrática del Congo, rival del Inter de Milan en la final del Mundial de Clubes de 2010; seis juegan en Zambia y ocho participan en la Liga de Sudáfrica.

Contó con el aporte de apenas dos futbolistas que compiten en Europa: el mediocampista Chisamba Lungu, del Ural de Rusia, y el delantero Emmanuel Mayuka, del Young Boys de Suiza. Renard ganó con una receta propia de otro tiempo: con un seleccionado made in África. CC

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